Valencia, 2024
Sobre las ganas que tenemos de ayudar.
Este microensayo lo escribí unos días después de ayudar como voluntario en las zonas afectadas por la dana de Valencia en octubre de 2024. En su segundo aniversario, estas palabras conviene no olvidarlas porque siguen teniendo más vigencia que nunca.
«En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva.» – Antonio Machado
Cuando ocurre una desgracia que afecta a alguien cercano, a mis vecinos, a mi barrio, a mi ciudad o a mi país, mi primer impulso es ayudar, donar, compartir, estar ahí, dar. Por eso me causa perplejidad e indignación a la par que, ante la catástrofe de Valencia, la reacción de unos pocos haya sido echar bilis, mentir, crear bulos, vomitar insultos y esparcir odio. No alcanzo a comprender qué tiene que pasar por la cabeza de alguien para que, ante el sufrimiento ajeno, su primera reacción más inmediata no sea sentir, empatizar, conmoverse, ayudar.
Da la casualidad de que quienes alimentan esta industria del odio son también quienes niegan el cambio climático, insultan a meteorólogos y científicos y se quejan de lo que llaman «intrusismo del Estado» cuando hay que responder a un desastre natural.
Vivimos en un tiempo en el que cada vez cuesta más escuchar a quienes saben de lo que hablan porque una minoría ruidosa, dispuesta a linchar a científicos y expertos, consigue que sus mentiras circulen más que la evidencia. La opinión empírica y contrastada queda sepultada bajo una montaña de ruido.
Sin embargo, no soy partidario de dar patíbulo a una minoría ruidosa porque es precisamente la mala praxis de los medios de comunicación hoy en día y lo que premia el algoritmo de las redes sociales. Sí que soy un ferviente defensor de dar más voz al poder de lo colectivo, que ha demostrado estos días en Valencia ser la inmensa mayoría.
Lo que hemos visto en Valencia nos dice algo sobre la vida cotidiana. Hay muchísima gente con ganas de ayudar, de hacer algo para cambiar las cosas, de sentirse útil ante el sufrimiento de los demás. No solo cuando ocurre una catástrofe. Vemos lo que pasa a nuestro alrededor, sabemos que las cosas podrían ser de otra manera y sentimos la necesidad de sostenernos unos a otros. Pero muchas veces no sabemos cómo canalizar ese impulso. Nos sentimos paralizados, frustrados, ansiosos por hacer algo sin saber muy bien por dónde empezar.
Y es que nos falta tejido colectivo. Se han erosionado los espacios y las costumbres que nos permitían ayudarnos, organizarnos y reconocernos como parte de una comunidad. Vamos con la mirada al suelo, sin saludar a los vecinos al salir del ascensor. Corremos para cumplir los plazos de nuestra jornada, pensando en la siguiente tarea de la lista. Pasamos junto a decenas de personas en el metro sin mirarlas, sin detenernos a pensar en sus vidas, sin preguntarnos qué les pasa.
El capitalismo salvaje nos ha metido en la cabeza que tenemos que esforzarnos y luchar individualmente por alcanzar sueños que muchas veces ni siquiera son nuestros. Nos ha convencido de que todo depende de nosotros, de que el éxito es una cuestión de voluntad y de que, si las cosas van mal, el problema es nuestro. Esa falacia («La falacia del individualismo») nos empuja al agotamiento, al cinismo y al desapego. Nos hace creer que estamos solos justo cuando más necesitamos a los demás.
Para cambiar las cosas, tenemos que reconsiderar cómo vivimos y para qué vivimos. La transformación social no llega de un día para otro ni se sostiene a base de indignación puntual. Requiere tiempo, atención y compromiso. Requiere que dejemos de comportarnos como espectadores de los problemas y empecemos a implicarnos como ciudadanos.
El camino pasa por lugares reales, personas reales y trabajo real. Pasa por nuestros barrios y lugares de trabajo, por conversaciones difíciles y compromisos genuinos. Pasa también por las aburridas reuniones de las asociaciones, los comités y las peticiones comunitarias; por todas esas tareas poco glamurosas de la sociedad civil donde la confianza y el cambio se construyen silenciosamente.
Parálisis
Sobre el colapso de la coherencia.
Hijos de puta (I)
Sobre la banalidad del mal.