Hijos de puta (I)

Sobre la banalidad del mal.

Una amiga me dijo una vez, hace tiempo, que no se dice «hijos de puta», sino «hijos de puteros». Porque la mujer no tiene la culpa de que su condición de esclava sexual se utilice como insulto, ni de haber parido a semejante pedazo de mierda andante. Lo que pasa es que, fonéticamente, «hijo de puta» suena muchísimo más contundente en castellano, dotando a ese pedazo de mierda de una descripción precisa del tipo de (anti)ser humano que es.


Aunque el concepto de «banalidad del mal», acuñado por Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén, señalaba que el Holocausto no fue perpetrado solo por monstruos sádicos, sino también por burócratas, funcionarios y ciudadanos corrientes que se limitaban a tramitar documentos, seguir procedimientos y cumplir órdenes dentro de un sistema cuyo horror preferían no reconocer plenamente, en este «Hijos de puta (I)» hablemos de los monstruos sádicos.

Los hijos de puta creen que mandan, pero lo único que hacen es sembrar el caos. Se sitúan fuera del universo moral; dicho de otro modo, han dejado de fingir que las normas que rigen la sociedad humana se aplican a ellos. Operan en un plano en el que sus decisiones no responden ante nadie salvo ante sí mismos. El único límite a su poder es su propia moralidad; la ley, los votantes y las instituciones quedan deliberadamente fuera de la ecuación.

Han renunciado a la solidaridad y a la empatía, y ni siquiera se molestan ya en fingirlas. Más aún: las consideran debilidades de la civilización, vulnerabilidades de las que otros pueden aprovecharse, en lugar de virtudes. Actúan, incluso, con una especie de regocijo ante su propia atrofia moral. Nada les importa realmente: ni la pobreza, ni el sufrimiento humano, ni el asesinato.

Y es que se mueven en un mundo sin límites cuyo mecanismo último es el dinero y, por extensión, el poder. Un poder que les permite eludir las consecuencias de sus actos. Para ellos, todo se ha convertido en una especie de espectáculo sin riesgo, porque perder ni siquiera constituye una posibilidad real. El concepto mismo de derrota ha dejado de tener significado dentro de su psicología.

Trump, Putin, Netanyahu, Musk, Thiel, Bezos. Abusones, intimidadores, maltratadores, déspotas, explotadores, opresores, tiranos, depredadores, agresores, acosadores, abusadores, aprovechados, chulos, dictadores, autoritarios, matones. Son monstruos sádicos que han banalizado el mal y lo han puesto de moda*.

*(Lo trataré en «Hijos de puta (II)»: Cómo estamos rodeados de hijos de puta también en la sociedad normal y corriente).

Yo, a los hijos de puta, no les doy mi miedo.

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