Verano
Sobre la promesa perdida del verano.
El verano ha perdido su promesa.
Durante mucho tiempo, el verano fue una estación un poco pop. Estaba asociado al tiempo libre, el atardecer a las 10 de la noche, a las terrazas, a la siesta, a salir de la ciudad, a irse a dormir tarde, a no tener demasiadas obligaciones. En verano todo parecía un poco más ligero, más lento, más despreocupado.
Es cierto que en todo esto hay mucha nostalgia de cuando éramos niños y adolescentes... de «aquellos tiempos»: el verano en el pueblo, los paseos en bicicleta, la silla a la fresca, ir al cine de verano, los granizados, los polos, el Interrail, dormir fuera de casa por primera vez, los amores de verano, el primer viaje con tus amigos a un festival del música.
En definitiva, el verano tenía una promesa. Sin embargo, cada vez más se siente como una experiencia hostil de más de tres meses.
Hay una parte del verano que seguimos deseando: bajar el ritmo, salir de la rutina y vivir durante unas semanas de otra manera. Pero hay otra parte que cada vez se parece menos a unas vacaciones y más a una interrupción de la vida normal. Es incómodo. Ya no podemos hacer la vida que hacíamos antes del verano, pero tampoco podemos hacer la vida que el sistema nos demanda hacer durante el verano. Determinadas horas del día dejan de ser horas para vivir y se convierten en horas para refugiarse.
Es un fenómeno que va a ir a más por el cambio climático y que estará especialmente acentuado por la clase social. Porque no todo el mundo ya puede permitirse las promesas del verano. Hay quien tiene aire acondicionado, piscina o dinero para marcharse a un lugar más fresco... al «Nnnnnorte», como dice con guasa la Instagrammer @celimonde_ sobre los famosos e influencers que presumen de veranear en el norte de España. Y luego está quien tiene que bajar las persianas a mediodía, encerrarse en casa hasta que cae el sol y mirar la temperatura mínima en la app del móvil para saber si esa noche podrá dormir. Calor, oscuridad, sudor, soledad, frustración.
En Quiero y no puedo: Una historia de los pijos de España, Raquel Peláez escribe:
En cambio, la gente trabajadora que no tiene un gran patrimonio que dejar en herencia y vive la época estival currando en cualquier zona de España comprendida entre un paralelo imaginario trazado en la parte superior de la meseta central y otro que llega a Melilla, solo mira las temperaturas para saber si el día siguiente será soportable. En concreto, esa gente se fija en la temperatura mínima, porque es la que le permite saber si va a dormir medianamente bien y, por tanto, acudir religiosamente al tajo que les proporciona el pan (o un teléfono móvil nuevo, no hay que ponerse dickensiano) de un humor llevadero.
El verano empieza a convertirse así en otra forma de desigualdad: quién puede escapar del calor y quién tiene que soportarlo. Dentro de veinte años quizá tengamos que pensar en el verano español como hoy pensamos en un invierno en Siberia: una estación hostil que hay que capear pero que no se puede disfrutar.
El verano ha perdido su promesa. Según para quién, claro. O, mejor dicho, según quién pueda permitírselo.
Desigualdad
Sobre limitar la riqueza.