Desigualdad

Sobre limitar la riqueza.

Aunque en castellano se recomienda escribir con letras los números que aparecen en determinados contextos, he optado deliberadamente por utilizar cifras. La razón es puramente tipográfica: al tratarse de un texto construido en buena medida a partir de datos, porcentajes y comparaciones, la representación numérica permite visualizar las cantidades de un solo vistazo y apreciar mejor su magnitud y proporción.


La desigualdad es una palabra que genera algo negativo inmediatamente al leerla. Y no es solo por el propio significado de la palabra, sino sobre todo porque nuestro cerebro la etiqueta automáticamente en la categoría de «no hay nada que pueda hacer al respecto».

Hace poco leí un informe de Oxfam sobre la desigualdad titulado Resisting the Rule of the Rich. Que la desigualdad es mala ya lo sabemos, al menos quienes creemos en la justicia social. Pero el informe contiene algunas cifras tan impactantes que quizá puedan servir para sacudir al cerebro de su actual estado de parálisis.

1

Un dato: Por primera vez, el mundo supera los 3.000 multimillonarios. A finales de 2025, su riqueza conjunta alcanzó la cifra récord de 18,3 billones de dólares, un 81 % más que en marzo de 2020.

Te pongo un ejemplo: Imagina que en tu edificio viven 300 personas y que 3 de ellas poseen prácticamente todo lo que hay dentro: los pisos, las plazas de garaje, los trasteros y hasta el dinero de la comunidad. Hace cinco años eran 6, que ya era abusivo; ahora son 3.

¿Cuál es la moraleja?: Cuando la diferencia llega a ese punto, ya no hablamos de tener más, hablamos de tener poder sobre los demás.

2

Dato: En el último año, la riqueza de los multimillonarios creció a un ritmo 3 veces superior a la tasa media anual registrada durante los cinco años anteriores.

Ejemplo: Es como cuando en el trabajo hay un compañero al que le suben el sueldo cada año, mientras al resto os lo congelan «porque no hay presupuesto», justo el mismo año en que a él le suben el triple de lo normal.

Moraleja: Cuando quienes más tienen son también quienes más rápido acumulan riqueza, el «no hay para todos» deja de ser una realidad y se convierte en una decisión: quién recibe y quién se queda fuera.

3

Dato: La riqueza que los multimillonarios acumularon durante el último año bastaría para repartir 250 dólares entre cada persona del planeta y, aun así, dejarles más de 500.000 millones de dólares adicionales.

Ejemplo: Sales a cenar con 9 amigos y uno paga la cuenta de todos. Después descubrís que podría haber pagado otras 10.000 cenas iguales sin notar la diferencia en su bolsillo.

Moraleja: Cuando una persona puede desprenderse de una cantidad que cambiaría la vida de millones de personas y seguir siendo obscenamente rica, quizá el problema no sea que los demás no tengan suficiente, sino que unos pocos tienen muchísimo más de lo que podrían necesitar.

4

Dato: Los 12 multimillonarios más ricos del mundo poseen más riqueza que la mitad más pobre de la humanidad: más de 4.000 millones de personas. Piénsalo: 12 personas tienen más riqueza que 4.000 millones.

Ejemplo: En una mesa de 12 personas hay una tarta para toda la mesa. Una persona se queda con más de la mitad. Y cuando alguien le pregunta por qué, señala que en su casa tiene un almacén lleno de tartas que nunca podrá comerse.

Moraleja: Hay desigualdades que no se explican porque unos hayan trabajado más. Se explican porque unos pueden acumular mucho más de lo que necesitan.

5

Dato: Desde el año 2000, por cada dólar de riqueza nueva que se ha creado a nivel mundial, 41 céntimos han ido a parar al 1 % más rico. La mitad más pobre de la humanidad ha recibido 1 céntimo.

Ejemplo: En una cena de empresa se sirven 100 pizzas para 100 personas. Una sola persona se queda con 41 pizzas, el director general. Las otras 99 tienen que repartirse las 59 restantes, pero con la condición que las 50 personas que menos cobran tienen que compartir entre todas una sola pizza.

Moraleja: No basta con que la riqueza crezca si cada vez más parte de la riqueza acaba en el mismo plato.

6

Dato: Los países con mayores niveles de desigualdad tienen hasta 7 veces más probabilidades de sufrir un deterioro de su democracia, desde el debilitamiento de la justicia y la restricción de las libertades civiles hasta la lenta normalización de las prácticas autoritarias.

Ejemplo: Piensa en el grupo de padres del cole: hay una junta de la AMPA donde, en teoría, todos votáis igual, pero las familias con más contactos y más dinero para «colaborar» acaban decidiendo las actividades, las normas y hasta quién entra en la directiva.

Moraleja: Cuando el peso económico se cuela en decisiones que deberían ser de todos, votar deja de significar lo mismo para todos.

7

Dato: Cuando la riqueza a esta escala se convierte en influencia política a través de la propiedad de los medios de comunicación, la financiación de campañas y el acceso directo al poder, la democracia empieza a funcionar menos como un sistema de gobierno compartido y más como una junta de accionistas a la que la mayoría de nosotros no hemos sido invitados.

Ejemplo: Es como discutir con alguien en una reunión donde esa persona es, a la vez, quien preside, quien controla el micrófono y quien decide de qué se puede hablar.

Moraleja: Puedes seguir votando, pero si una persona controla el dinero, la información y las reglas del juego, tu voto ya no compite en igualdad de condiciones. La democracia puede seguir teniendo urnas sin seguir teniendo igualdad.

Lo que confirma este informe es que la desigualdad va más allá de ser una condición: la desigualdad es un mecanismo. La concentración extrema de riqueza es un chiringuito unidireccional que va deformando poco a poco las reglas de la política, los medios de comunicación y la vida pública, hasta el punto de que lo que llamamos democracia ya no es tanto un freno al poder abusivo como un atrezo de fondo.

Nada de eso es inevitable, insiste el informe, y quiero creerlo. Lo que sí parece claro es que tratar la desigualdad como una condición en lugar de como un mecanismo es exactamente el tipo de aceptación pasiva que permite que el chiringuito siga girando.

Propongo un «limitarismo» como acuña la filósofa Ingrid Robeyns en Limitarianism: The Case Against Extreme Wealth:

Un «tope de riqueza extrema». Un límite a partir del cual la riqueza privada se grava fuertemente y se redirige a fines públicos.

Si aceptamos un salario mínimo, ¿por qué no un salario máximo?

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