Parálisis

Sobre el colapso de la coherencia.

El ataque deliberado a la verdad mediante el flujo inagotable de afirmaciones contradictorias, las negaciones constantes de lo evidente y la normalización de las mentiras como meros «hechos alternativos» ha minado algo esencial: nuestra capacidad de sostener marcos coherentes para pensar y juzgar el mundo.

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La coherencia epistemológica, esa conexión básica entre lo que creemos y lo que podemos demostrar, se ha ido diluyendo entre propaganda y teorías de la conspiración.

Por ejemplo: Un influencer afirma que un determinado hecho ocurrió. Cuando aparecen pruebas que lo contradicen, dice que nunca hizo esa afirmación. Después afirma que las pruebas son falsas y, cuando se demuestra que no lo son, sostiene que «todo el mundo miente». Al final, la discusión ya no es sobre qué ocurrió, sino sobre si existe alguna fuente de conocimiento que pueda considerarse fiable.

El ejemplo muestra cómo la contradicción constante no necesita convencerte de una mentira concreta: basta con hacer que dejes de confiar en tu capacidad para saber qué es verdad.

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La coherencia moral, la que alinea valores y acciones, se ha visto corrompida por la indignación selectiva, la ética partidista y la subordinación de los principios a los intereses políticos.

Por ejemplo: Un partido político denuncia que el Gobierno utiliza las instituciones públicas para perseguir a sus adversarios. Unos años después, cuando ese mismo partido llega al poder, utiliza exactamente los mismos mecanismos contra sus propios adversarios. Sus votantes, sin embargo, ya no lo consideran una amenaza: encuentran razones para justificarlo.

El principio deja de ser «esto está mal» y pasa a ser «esto está mal cuando lo hace el otro».

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La coherencia narrativa, la concordancia entre nuestras historias y la experiencia vivida, se ha fragmentado en relatos incompatibles que ya no permiten un diálogo significativo más allá de las divisiones políticas.

Por ejemplo: Dos personas leen exactamente las mismas noticias y terminan describiendo realidades completamente incompatibles. Para una, el país está atravesando una crisis democrática; para la otra, está viviendo una reacción necesaria contra quienes llevan años destruyéndolo. Cada nuevo acontecimiento se incorpora a la historia previa como una prueba de que su propio relato siempre fue correcto.

Lo interesante aquí es que los hechos ya no sirven para modificar el relato; el relato decide de antemano qué significan los hechos.

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Y la coherencia temporal, el hilo que conecta pasado, presente y futuro, se ha disuelto en un «ahora» perpetuo y caótico en el que cada ciclo de noticias borra al anterior, lo que impide prestar una atención sostenida a las crisis reales.

Por ejemplo: Durante una semana ocurre algo grave: una decisión política, una investigación judicial, una protesta, una guerra. Durante dos días ocupa toda la conversación pública. Al tercer día aparece otro escándalo; al cuarto, otro; al quinto, otro. Dos semanas después, incluso alguien que estaba muy preocupado por el primer acontecimiento tiene dificultades para recordar exactamente qué ocurrió, qué consecuencias tuvo y si llegó a resolverse.

La sobreabundancia de actualidad no produce más memoria, sino menos. El problema no es que no recibamos información; es que cada noticia expulsa a la anterior antes de que podamos convertirla en comprensión.

El resultado de la pérdida de esas cuatro formas de coherencia no es solo confusión. Es parálisis.

Sin estas formas de coherencia, no somos capaces de procesar lo que está ocurriendo. Carecemos de los marcos cognitivos y morales necesarios para reconocer el colapso democrático, para distinguir entre conflicto político normal y una amenaza estructural, y para mantener la atención y el compromiso emocional que exige la resistencia.

Por eso tanta gente, incluso quienes están en desacuerdo con el poder actual, no percibe la gravedad de la situación. No es necesariamente indiferencia. Es algo más inquietante: la capacidad de comprender de forma coherente ha sido erosionada, precisamente por las mismas fuerzas que deberían ser identificadas.

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