Distracción
Sobre por qué reaccionamos antes de pensar en el debate público.
«Distracted from distraction by distraction»
«Distraídos de la distracción por la distracción». Esta frase pertenece al poema Burnt Norton del poeta y dramaturgo T.S. Eliot, publicado en 1936 como la primera parte de su obra cumbre Four Quartets. Aunque Eliot lo escribió en la época de la radio y los periódicos, décadas antes de Internet y los smartphones, anticipó cómo la mente humana se fragmenta ante el ruido constante y pierde la capacidad de reflexionar.
Problema
El debate público de nuestro tiempo ha perdido buena parte de las capas y los matices que solía tener hasta convertirse en una única superficie: un enorme estadio en tiempo real donde todo el mundo reacciona a todo y todos reaccionan simultáneamente. Todo sucede a la vez, en público y bajo la presión de unas métricas de interacción que premian la rapidez y la intensidad emocional.
La conversación pública en torno a cualquier tema es un bucle infinito colectivo. Cada controversia genera comentarios, y esos comentarios generan metacomentarios. El ciclo continúa hasta que algo más nuevo, más llamativo o más urgente captura nuestra atención. Entonces, la vieja polémica no se resuelve: simplemente se abandona.
Por eso los mismos argumentos vuelven una y otra vez. En realidad, nunca resolvemos nada. Nos agotamos, pasamos a otra cosa y dejamos el asunto en el aire. Cuando vuelve a resurgir, nos encontramos exactamente donde lo dejamos, sin haber aprendido nada por el camino.
El debate público no es, por tanto, un proceso que avance hacia una conclusión o se acerque progresivamente a la verdad. Es un patrón de espera: damos vueltas indefinidamente alrededor de los mismos asuntos, sin llegar nunca a aterrizar.
La estructura de incentivos (o las varias estructuras) para alimentar este bucle infinito es demasiado poderosa: el diseño de los productos tecnológicos favorece descaradamente la interacción por encima de la comprensión. Estamos atrapados en un sistema que convierte cada cuestión importante en una competición por la atención; cada competición por la atención, en una batalla tribal; y cada batalla tribal, en una nueva urgencia emocional que nos obliga a reaccionar antes de pensar.
No digo que los temas que trata la conversación pública carezcan de importancia, lo que digo es que la estructura de la conversación pública nos impide reflexionar adecuadamente incluso sobre los asuntos más trascendentales. Nuestro cerebro nunca llega a pasar del modo reactivo al reflexivo.
Las cosas suceden, y lo hacen siempre en la dirección que impulsan quienes tienen dinero y poder, porque el resto de nosotros estamos demasiado ocupados reaccionando al último escándalo como para articular una respuesta coherente.
Solución
Existe una distinción fundamental entre tener una postura y comprender un tema. Tener una postura significa saber de qué lado se está y ser capaz de articular un punto de vista. Comprender un tema es algo muy distinto: implica entender por qué la cuestión es compleja, conocer los mejores argumentos de las distintas posiciones, identificar dónde se encuentran las incertidumbres y saber qué evidencias podrían llevarnos a cambiar de opinión.
Es perfectamente posible tener una postura sobre algo sin comprenderlo, del mismo modo que es posible comprender una cuestión sin mantener una postura firme al respecto. El debate público actual es extraordinariamente eficaz a la hora de generar posturas, pero sorprendentemente malo a la hora de generar comprensión.
Esa sensación de estar desbordado, de no poder seguir nunca el ritmo, de tener opiniones firmes sobre todo sin comprender realmente casi nada, no es un fallo personal. Es una respuesta previsible ante una situación imposible.
Por poner un ejemplo que ocurre todos los días cuando se cae una web o una red social. Si pensamos en términos de un ataque cibernético, tu cerebro está sufriendo un ataque DDoS (una avalancha deliberada de peticiones no legítimas para acceder a una web o plataforma que satura un servidor hasta impedirle atender con normalidad las peticiones legítimas), y que te cueste pensar con claridad en medio de semejante avalancha no demuestra que tu cerebro esté fallando; demuestra precisamente lo contrario: que funciona con normalidad. Los servidores no están averiados, están saturados. Y hasta que encontremos la manera de reducir la carga o aumentar el ancho de banda, lo mejor que podemos hacer es reconocer lo que está ocurriendo e intentar, siempre que sea posible, apartarnos de ese torrente el tiempo suficiente para pensar con claridad.
Por tanto, la solución siempre será activa y participativa; nunca llegará desde la pasividad. Elige un tema que te importe. Solo uno. Resiste la tentación de tener una opinión sobre todo lo demás. Deja que el debate público siga su curso sin ti mientras dedicas días, semanas o meses a comprender algo de verdad. Lee libros, ensayos, ve reels sobre el tema, no opiniones pasajeras. Habla con expertos, no con comentaristas. Sigue las pruebas y los hechos allí donde conduzcan, incluso cuando te lleven a lugares incómodos. Cambia de opinión si descubres que estabas equivocado. Y cuando por fin tengas algo que decir, algo que hayas elaborado a través de una reflexión profunda, en lugar de repetir las opiniones más populares o las posiciones de nuestro entorno, dilo con claridad y después retírate.
Esto no resolverá el problema colectivo de golpe, pero, para empezar, puede arreglar algo dentro de ti, lo que puede llevar a posteriormente resolver los problemas de otros. Si hubiera suficientes personas que hicieran lo mismo, quizá descubramos de nuevo que todavía somos capaces de pensar; que nuestra capacidad de mantener la atención no ha desaparecido, sino que ha quedado sepultada bajo una montaña de peticiones a las que nunca debimos intentar responder. Aprenderemos a distinguir entre tener una opinión y comprender algo, y volveremos a valorar esto último.
En algún lugar, bajo todo ese ruido, los servidores siguen ahí, esperando a que el tráfico disminuya para poder hacer, por fin, aquello para lo que fueron diseñados: procesar las peticiones que realmente importan.
No hay nada especialmente nuevo en esto. Muchas de las formas de pensar que necesitamos recuperar ya fueron ensayadas hace siglos; solo tenemos que mirar un poco más hacia el pasado para recordar que ya se hizo antes. Sócrates, por ejemplo, se dedicaba a hacer preguntas en lugar de pronunciar discursos. El método socrático funciona obligándonos a enfrentarnos a las lagunas de nuestro propio razonamiento, a llevar nuestras creencias hasta sus últimas consecuencias y a reconocer cuándo esas conclusiones resultan absurdas o contradictorias. Es un proceso lento y frustrante que, por lo general, termina llevándonos a una conclusión incómoda: comprendemos mucho menos de lo que creíamos.
Parálisis
Sobre el colapso de la coherencia.